LA ECOLOGÍA CULTURAL Y EL DESARROLLO DE LAS COMUNIDADES

LA ECOLOGÍA CULTURAL Y EL DESARROLLO DE LAS COMUNIDADES

Junto con el patrimonio natural, hay un patrimonio histórico, artístico y cultural, potencialmente, amenazado en cada proyecto nuevo a desarrollarse.

Todo esto es parte de la identidad común de un lugar y una base para construir una ciudad habitable. No se trata de destruir y de crear nuevas ciudades supuestamente más ecológicas, dónde no siempre se vuelve deseable vivir. Hace falta incorporar la historia, la cultura y la arquitectura de un lugar, manteniendo su identidad original. El respeto a los iconos locales que presten los inversionistas, siempre será bien valorada y apreciada por los habitantes nativos del lugar, así también deben respetarse las costumbres y creencias de cada región. Por eso, la ecología integral también supone el cuidado de las riquezas culturales locales y regionales en su sentido más amplio. De manera más directa, reclama prestar atención a las culturas locales a la hora de analizar cuestiones relacionadas con el medio ambiente, poniendo en dialogo el lenguaje científico-técnico con el lenguaje popular. Es la cultura no sólo en el sentido de los monumentos del pasado, sino especialmente en su sentido vivo, dinámico y participativo, que no puede excluirse a la hora de repensar la relación del ser humano con el medio ambiente.

Si analizamos esto, veremos que el consumismo del ser humano, alentado por los engranajes de la actual economía globalizada, tiende a homogeneizar las culturas y a debilitar la inmensa variedad cultural, que es un tesoro de la humanidad. Por eso, pretender resolver todas las dificultades a través de normativas uniformes o de intervenciones técnicas lleva a desatender la complejidad de las problemáticas locales, que requieren la intervención activa de los habitantes. Los nuevos procesos que se van gestando no siempre pueden ser incorporados en esquemas establecidos desde afuera, sino que deben de partir de la misma cultura local. Así como la vida y el mundo son dinámicos, el cuidado del mundo debe ser flexible y dinámico. Las soluciones meramente técnicas corren el riesgo de atender a síntomas que no corresponden a las problemáticas más profundas. Hace falta incorporar la perspectiva de los derechos de los pueblos y las culturas, y así entender que el desarrollo de un grupo supone un proceso histórico dentro de un contexto cultural y requiere del continuado protagonismo de los actores sociales locales desde su propia cultura. Ni siquiera la noción de calidad de vida puede imponerse, sino que debe entenderse dentro del mundo de los símbolos y hábitos propios de cada grupo humano.

Muchas formas altamente concentradas de explotación y degradación del medio ambiente no sólo pueden acabar con los recursos de subsistencia locales, sino también con capacidades sociales que han permitido un modo de vida que durante mucho tiempo ha otorgado identidad cultural y un sentido de la existencia y de la convivencia. La desaparición de una cultura puede ser tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal. La imposición de un modo hegemónico de vida ligado a un modo de producción puede ser tan dañina como la alteración de los ecosistemas.

En este sentido, es indispensable prestar atención a las comunidades con sus tradiciones culturales. No son una simple minoría entre otras, sino que deben convertirse en los principales interlocutores, sobre todo a la hora de avanzar grandes proyectos que afecten sus espacios. Para muchos de ellos, la tierra no es un bien económico, sino un don de Dios y de los antepasados que descansan en ella, un espacio sagrado con el cual necesitan interactuar para sostener su identidad y sus valores. Cuando permaneces en sus territorios, son precisamente ellos quienes mejor los cuidan. Sin embargo, en diversas partes del mundo, son objeto de presiones para que abandonen sus tierras a fin de dejarlas libres para proyectos agropecuarios, de extracción de minerales o de inversiones públicas, en muchos casos no prestan atención a la degradación de la naturaleza y menos a la degradación cultural.

Por: Ing. Víctor Del Castillo Alarcón
 Ing. Químico, IPN
 Premio Nacional al Medio Ambiente 2011
 vadelcastilloa@gmail.com

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